LAS FLECHAS (Cuento...)

miércoles, 23 de abril de 2008

 

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Rosa María Sánchez Anaya

 

Tomado de:

 

Revista Alternancias, Una revisión Interdisciplinaria, publicación trimestral de la Facultad de Filosofía de la AQ.  Primera época, año 1, Número 3, Abril 2006, p.46.

 

 

Desde hace tres días que los del pueblo van a visitar la casa de Don Jacinto, al que le dicen el patriarca, que también es el sacerdote del templo. Don Jacinto ya está viejo, camina un poco encorvado, tiene la cabeza blanca de canas, su cara es muy amigable y bondadosa y siempre que danza lo hace muy bien; yo no lo he visto allá, en su casa; vive en frente de la casa de la viuda Silvina.

 

Al anochecer, entran señores y señoras a su casa, algo esta pasando... y no sé que es. También mis padres van, lo hacen después de darnos de cenar y yo, a escondidas, salgo tras ellos; primero me hago la dormida y cuando lo oigo salir me levanto rápidamente; sin hacer ruido y corro tras ellos; los sigo desde lejitos, no los pierdo de vista, los veo entrar en la casa del patriarca.

 

Los espero y, mientras salen, me siento en la piedra grande que está a un lado de la casa de Doña Silvina, -¡está muy fría!- espero un buen rato y entonces veo que ya empiezan a salir, van volteando para todos lados y caminan rápidamente, van hacía sus casas, se pierden a lo lejos en la oscuridad, ¡No hay luna!, todo esta muy oscuro.

 

Luego veo que salen mis padres, mi papá camina rápido y mi mamá lo sigue, queriendo alcanzarlo. Papá se llama Bartola, es un gran arquero, muy alto, moreno, fornido, y muy ágil, de rostro serio, es muy formal dice la gente... y a mi me gusta mucho andar con él a donde vaya.

 

Llegamos a casa, yo espero que ellos entren primero, para que no me vean, todo esta muy oscuro, pero no tropiezo con nada y me acuesto a dormir de prisa y sin hacer ruido.

 

Al día siguiente por la tarde veo a papá, cuando ya regresa de la milpa, come y luego se pone a fabricar flechas y las pinta de muchos colores, les dibuja los adomitos que hay en el templo, las adorna con plumas, también de muchos colores y entonces llegan hasta el granero Arturo y Aurelio, me manda papá para la casa, cierran la puerta, allí duraron mucho rato hablando, cuando salieron le dicen a mi padre:

-Nos vemos al anochecer, en donde quedamos-

-¡Hasta! pronto! ¡Nos vemos!

 

Después de cenar, papá torno su caja de pinturas, su espejo y empezó a pintar su cara, eso nunca lo hacia de noche, siempre en la mañana, con mucho cuidado volvió a dibujar en su rostro los dibujos que hay en el templo, lo hizo muy rápido, a mi me gusta mucho... tienen formas variadas y son de colores; siempre que le pregunto a mi papá-

¿Cuáles son los significados de los símbolos? -papá me dice: cuando seas grande te diré todo lo que ahora quieres saber, espera, espera... todo a su tiempo.

 

Lo vi cuando terminó y no sé que sentí, algo que me oprimía el pecho me dio miedo ya que  era de noche, volví a pensar muchas cosas, quería adivinar lo que estaba pasando, aún no sabía que era, pero nadie me decía nada... y yo quería saber.

 

Ya muy de noche, cuando todos duermen, mi papá habla con mí mamá; yo seguía despierta, pendiente de lo que pasaba, cuando oí que papá salía de la casa sin hacer ruido me levanté y salí detrás de él; aunque caminé algo retirada de él, la luna iluminaba todo el pueblo, como si fuera de día, luego en el camino aparecieron, por distintos lados Arturo y Aurelio, que también vestían como papá.

 

Se saludaron en voz baja, siguieron caminando por las vereda, en medio de las milpas de Don Donaciano; éste era el camino más corto para llegar al lago sagrado, llamado también el "lago azul" -lugar donde se bañan las doncellas- antes de la ceremonia del día de fiesta.

 

Pero yo... ratos camino y ratos corro, entre las matas de maíz, para que no me vean, no quiero perderlos de  vista; aunque quiera no los puedo alcanzar, hay que siento mucho miedo de que me salga una víbora... hay muchas en las milpas en este tiempo, ¡Parece que salen y me pican!... he tenido mucha suerte, no las he visto, pero mi curiosidad es más grande,  quiero saber lo que pasa, no sé lo que los arqueros van hacer allí al lago, hace vientecito frío que me pega en la cara, me aguanto.

 

Ya después de mucho rato de caminar, ya mis chamorros me duelen, los siento muy duros, ya casi no puedo caminar y ellos, como los venados, ágiles, silenciosos y rápidos, continúan caminando hacia el lago.

 

Al llegar, veo cómo empiezan a andar primero, hacen saludos a los cuatro puntos cardinales y sus sonajas se escuchan claramente, con su cascabeleo rítmico que me invita a danzar, pero  no puedo hacerlo, tengo que seguir escondida detrás de uno de los pinos guardianes del lago, no me han visto.

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Mientras, descanso sentada, los veo, siguen danzando por mucho rato, parecen que brillan como la plata, es el sudor que les resbala por el cuerpo, mientras la música de las sonajas continúa, me pregunto ¿Por qué lo hacen allí y no en el templo? ¿Como todos los domingos?

 

De repente dejan de danzar, recogen sus arcos y flechas del piso y luego vuelven a saludar a los cuatro puntos cardinales y es entonces que veo a mi padre lanzar tres flechas al centro del lago, luego empezó la danza nuevamente, el ruido de los grillos se perdía, se escuchaba el cascabeleo de las sonajas y de los huesos de los brazaletes en medio del silencia de la noche, enmarcados por un leve olor a guayabas de los árboles y se alborota su olor.

 

Terminaron y con sus arcos y flechas al hombro, emprendieron el regreso a casa, mientras yo caminaba de prisa nuevamente, no podía correr, me dolían las piernas y el sudor caía por mi cara, pasaba al cuello y de ahí a mi huipil y en el desaparecía, mientras mi falda y mis huaraches enlodados pesaban más que de costumbre, mi ropa está muy mojada por el sudor.

 

Ya no puedo caminar, a ellos los veo muy lejos, los veo muy chiquitos, no los puedo alcanzar, me resigno y camino lo más rápido que puedo; veo como se despiden, se separan cada uno por rumbos distintos, no puedo alcanzar a papá va muy rápido, ya no lo veo, se pierde a lo lejos. Cuando llego a casa, todos duermen; aún huele a sudor el cuarto; sin hacer ruido y en silencio, tomo mi lugar nuevamente y a dormir.

 

A la mañana siguiente, al salir del templo, todos nos dirigimos al jardín del pueblo y allí estaba una cosa grande, muy grande que llamaban tractor, todo de fierro, pintado de color azul, con unas ruedas grandes y gordas, al que le movían unas cosas una y otra vez y todos veíamos lo que hacían el ingeniero y aquel hombre chino, gordo y muy colorado, pero no  pasaba nada.

 

Fue entones que el patriarca caminó unos metros más allá del gentío, junto con Atanasio, el que toca el caracol... lo hizo sonar y todos los hombres lo rodearon inmediatamente. No sé que hablaron; mamá me jaló de las trenzas cuando quise ir con mi papá; no me dejo, me tomo de la mano fuertemente y me detuvo; no pude escuchar.

 

le pregunte a mamá-

- ¿Qué pasa, por qué no me dicen nada? Yo quiero saber.

 

Fue entonces que mamá me preguntó:

- Recuerdas las dos cajas que bajaron del avión grande y del señor güero de grandes mejillas coloradas y de cabello chino, aquel que chifla todo el día, allá en el patio Bernabé?, él fue el que hizo esa maquinota, trabajó mucho, pero ahora ¡no funciono! No sirve, por eso estamos contentos.

 

Un día, le preguntaron al güero mis amigas que para que era eso y él contesto: muy sonriente:

 

- ¡para comerse a los hombres!

 

Esto le preocupó a todos y por eso decidió el patriarca, mandar a los arqueros a lanzar las tres flechas al lago sagrado. Ya estaba entendiendo lo que pasaba ¡Que bueno que la máquina no sirvió! Así no se comería a nadie ¡qué bueno!

 

Los niños hicimos una rueda grande alrededor de nuestros padres que bailaban y gritaban de alegría, fue toda una fiesta. Todos participamos, hasta cansarnos, ¡bailamos y bailamos! Fue entonces que comprobé que los dioses nos cuidan y nos protegen; el rito había servido, todo salió bien, la máquina sirvió.

 

Tractor

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