EL POSMODERNISMO, PARTE 2

lunes, 26 de mayo de 2008

 

De: Adriana Sigüenzaescanear0003

 

Tomado de:

Revista Alternancias, Una revisión Interdisciplinaria, publicación trimestral de la Facultad de Filosofía de la AQ.  Primera época, año 1, Número 3, Abril 2006, pp.. 29-30

 

 

Como ya he venido mencionando en este posmodernismo como rechazo de lo absoluto, podemos ver expresiones y tendencias, objeciones y argumentaciones a valores que se suponían “universales” como la moral, y que en el paradigma posmoderno tanto la universalidad como la moral tienen la permisibilidad de cuestionarse o adaptarse según la convivencia. Por lo que el posmodernismo no es el relativismo de lo absoluto propiamente dicho –pues no existe la seguridad de que alguien acepte o ponga en duda lo absoluto- sino la permisibilidad de todo, de la práctica pública y con miras dominantes de cultura individual, cuyo desenlace es la fragmentación de lo social, de lo común, hasta reducir al hombre a si mismo y probablemente a ninguno o a nada, o a crear un superhombre que no necesite de nada.

Sin embargo, tras esa diversidad engañosa de permisibilidad de expresiones y tendencias, es posible distinguir una entidad común y central de ideas, en él lo importante no son los hechos sino sus interpretaciones de la realidad una realidad cambiante. Nietzsche se refiere a esta esencia de la realidad cambiante como la expresión de la voluntad de poder, que concuerda con lo que es el posmodernismo, pero que aun así es engañosa, pues la libertad de mi verdad –individual- puede no significar lo mismo para otros, dada la permisibilidad de interpretación de los conceptos, mismos que tampoco pueden encasillar a la realidad, ya que los conceptos son relativos, sujetos a la significación y según la voluntad de poder. Esta “voluntad” de poder: es una voluntad significativa humana, creada de acuerdo al significado individual. Por lo que la elimina de toda universalidad, pero que la hace dudosa, factible de sospecha.

Y a la manera de Nietzsche “El significado es cualquier cosa que construimos arbitrariamente mediante nuestros actos de dar sentido. El mundo no se clasifica espontáneamente en especies, jerarquías causales, etc., como podría pensar un realista filosófico; por le contrario, somos nosotros los que hacemos todo esto al hablar sobre él –el individualismo como consecuencia del posmodernismo- nuestro lenguaje no refleja tanto la realidad como lo que la significa, le da forma conceptual. Así pues, es imposible responder a la pregunta de qué es aquello que recibe una forma conceptual: la realidad misma, antes de que lleguemos a constituirla mediante nuestros discursos, es sólo una X inexpresable”.

Como expresión de la esencia del postmodernismo, los alcances han sido esta individualización del hombre, el obedecer sólo y únicamente a su propia naturaleza -que finalizándola- es la ley de la sobrevivencia, y quien permanece es aquel mejor adaptado; en la lucha por sobrevivir, el que gana tiene la razón y obliga al otro a rendirse, venciendo los obstáculos que ponen aquellos de su misma especie que también tratan de sobrevivir, imponiéndose a éstos dominando en territorio y expandiéndose, decretando sus propias reglas.

Las reglas especialidad por excelencia del posmodernismo, ¿Cuáles? No existen reglas generalizadas, cada individuo sigue sus propias reglas, de acuerdo a sus objetivos, es la ley del más fuerte, de quien ostenta el poder en el momento, hasta que éste sea vencido y se imponga otra ley; sin embargo, la temporalidad tampoco es un factor importante, pues prima la voluntad individual, misma que es dominada o dominante según la convivencia y se validan de extraordinarias o crueles, según el juego que cada uno desee jugar.

El juego, elemento implícito en el posmodernismo, la competencia es el paradigma de nuestro tiempo –el nuevo elemento del progreso que sigue vigente, con otros matices dentro del posmodernismo- y tal parece ser que la lucha, el conflicto entre fuerzas es el camino para evolucionar -muy a la manera de Marx- todos vamos luchando día con día, contra todo, todos y contra nosotros mismos, pues nos enfrentamos a nuestros propios conceptos morales, mirándolos a veces como represivos de nuestra naturaleza, conflictuándonos entre el ser y el tener, como si buscáramos un equilibrio; es el bien y el desequilibrio es el mal. No, porque eso sería pretender una ley universal que regulara el desarrollo de la vida, entonces no tendríamos opciones, y en ese sentido vamos buscando la utopía de una mejor vida, de ser el mejor, de lograr la excelencia, sobre el otro, algo más tangible, pero sin compromiso o a la manera de Kant “actúa en función de la regla que querrías ver erigida como norma universal”.

El otro, el análisis o la crítica a este depende de la posición relativa del observador, (Agar Michael: 1998) la certeza de un hecho es una verdad relativamente interpretada y por lo mismo, incierta. Aquel a quien los antropólogos estudiamos, quien nos sirve de masa moldeable para nuestra creación, es nuestro sujeto sobre el cual podemos ostentar nuestra superioridad al creernos con la autoridad de interpretar, (Clifford, James: Sobre la autoridad etnográfica); sin embargo, tampoco es absoluta esta relatividad en la interpretación, pues en lo relativo de la interpretación, lo relativo está en la intención del lector, (Eco, Humberto: 1992) quien es finalmente quien lee y tiene el poder de legitimar el trabajo de análisis y para quien el antropólogo podría ser “El otro” como sujeto del análisis de su texto.

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